Serie “Adolescencia” de Netflix.
Serie “Adolescencia” de Netflix.
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“Adolescencia”, una propuesta para reflexionar y poner el dedo en las llagas

"La serie es una bofetada para llamarnos no solo la atención en los colegios, sino como padres, profesionales, docentes y a todas las personas que busquen comprender mejor a los hijos".

Por: Adalberto Bolaño Sandoval

En el colegio y en la casa de los Miller todo parece normal. Estamos en Inglaterra. Es una familia aparentemente feliz. Todavía no son las seis de la mañana y todos se preparan para asumir sus responsabilidades. De repente, como si fueran a detener un delincuente de gran prontuario, la policía se introduce (es solo un decir) violentamente (es lo más correcto) en la vivienda: obligan a sus habitantes a tenderse boca abajo en el piso, preguntan dónde se encuentra el niño, Jamie, para llevárselo, acusándolo del homicidio de una compañera del curso. Ya, de por sí, esa entrada de la fuerza policiva anticipa lo que sucederá en los cuatro capítulos de la serie: violencia sutil, violencia escolar, violencia intrafamiliar, violencia personal, de la que deviene la violencia intersubjetiva, así como la violencia social, violencia de los medios y en redes, en fin.

La serie “Adolescencia” ha representado una atractiva exposición de los diferentes modos de ver y explorar una sociedad, a partir de un drama que comienza aparentemente de cero, pero que tiene sus raíces en la crianza, en la educación en casa del padre y la madre de Jamie, pero, inclusive, mucho atrás, en el hogar de los abuelos, por parte de Eddie, el padre. Pero aún más: en los mismos errores que la misma sociedad ha generado desde tiempo atrás. Errores que son los de cualquier familia.

Protagonista de la serie “Adolescencia” de Netflix. Protagonista de la serie “Adolescencia” de Netflix. Netflix

Presentada con éxito en Netflix, la puesta en escena muestra las diversas violencias de la sociedad inglesa no solo dentro de la policía, sino a nivel escolar, social, intrafamiliar, comunitaria e intersubjetiva, sin ambages, con crudeza.

Las violencias por capítulo

Violencia policial. Ya de por sí, con la entrada de los agentes policiales, tirando las puertas, dando órdenes fuertes y tratando al grupo familiar como unos delincuentes, se está dibujando unos de los males que muestran a una sociedad (estamos pensando en cualquiera) donde la incomprensión de las autoridades frente a un drama infantil o familiar, no para en mientes para analizar cuáles son los resultados de un comportamiento policial “normal”. La serie gira entre lo aparentemente estándar y la violación de esta medida.

Violencia sutil e intrafamiliar. Entre los Miller se respira un aire agradable antes de la intrusión de la policía. Charlan entre sí, sobre lo que van a hacer en el resto del día.  Todavía no han desayunado. Estas relaciones idealizadas constituyen un emplazamiento sin aparentes fisuras, en el que las contradicciones familiares no se observan, pero sabremos más adelante que la madre, Manda, y la hija, Katie, son sumisas ante todo lo que pasa en ese “hogar”. Allí esa violencia intersubjetiva se observa en que las órdenes y propuestas “sutiles” de Eddie son aceptadas. Su sutileza nace de no querer ejercer con golpes o maledicencia o cualquier otra manera de presionar a la familia, pues el padre de Eddie lo golpeaba cuando niño y adolescente, y él juró que no repetiría esos comportamientos con su grupo familiar. Pero me estoy adelantando.

Cada capítulo contiene una escenificación y unos personajes diferentes, para mostrar desde puntos de vista diferentes la profundidad del drama. Y he ahí un elemento súper relevante: busca retratar las diferentes visiones, con acuciosidad, que una sociedad oculta, pero que el arte redime con creces.

El primer capítulo nos muestra un panorama de los varios personajes y las más diversas violencias, desde la más fuerte a la más sutil, comenzando por la detención de Jamie, aunque, aclaremos, que en la estación policial los funcionarios y agentes mantienen un tratamiento respetuoso con el joven, pero notándose cierta molestia por detenerlo, pues, a pesar de cumplir todos los pasos que significan tratar a una persona de menos edad ante la imputación de un delito de ese tamaño, se evidencian algunas contradicciones entre el personal. El mismo abogado del estado se muestra un poco contrariado por su escogencia, aunque cumple con todos los protocolos para proteger al adolescente, así como los mismos agentes policiales, quienes siempre aclaran al adolescente si está “entendiendo” lo que le señalan en los procedimientos legales y jurídicos. Se respira un aire de dificultad por tratar un niño como posible asesino.

Serie “Adolescencia” de Netflix. Serie “Adolescencia” de Netflix. EFE

Allí el padre es aceptado como tutor de su hijo. El hijo cumple con la respectiva reseña de entrada, la fotografía, las huellas dactilares, para entrar como sospechoso de la muerte de una compañera de clases. Seguidamente, el abogado lo asesora en el careo y en la imputación de cargos que le hacen los dos detectives. A todas estas, el muchacho se declara inocente y no quiere aportar más, pues señala, en sus declaraciones, que no puede hablar más cuando el agente Brascombe y sus colegas de autoridad tumbaron la puerta de su casa

Violencia escolar: El segundo capítulo sucede, en su mayor parte, en la escuela donde estudió Jamie. ¿Quién era el muchacho? ¿Tenía problemas allí? ¿Cuá es la situación de un colegio privado inglés, que solemos idealizar porque queda en Europa? La primera pregunta cuando veía la serie fue: ¿ese es un colegio público? Pero en casa me respondieron: tienen uniformes, es privado. A lo que alegué: “Pero parece un colegio público norteamericano (en realidad, hasta de nuestros países), por esa forma de comportarse los estudiantes: ofendiendo y burlándose de los profesores, de la disciplina del colegio, persiguiéndose entre sí, haciéndose bullyng”. Y ripostó mi esposa: “Es así. A veces peor que en EE UU” (ella ni casi nadie dice EE UU). Y los docentes y coordinadores, a su vez, procurando responder y proponer el mejor comportamiento entre los estudiantes.

Y es allí de donde parte parcialmente todo: el colegio representa un revulsivo en el que los estudiantes expresan sus necesidades, presiones, dolores y violencias. En la institución muestran sus emociones menos sociales, menos de apreciación positiva del otro, pues, de alguna manera, actúan contra el débil, contra el de color, contra el discapacitado, pues pueden representar un enemigo, o simplemente, la víctima, el chivo expiatorio, sobre quienes desarrollar un desquite social, que conlleva, al tiempo, una expresión de sus propias presiones personales y grupales, y también una catarsis de presión social. Son la principal muestra de una sociedad socavada, de fines y búsqueda contradictorios.

De ese universo de mucha intensidad y coacción donde estudia Jamie, de ese grupo de contradicciones y filiaciones del colegio, especialmente de ese curso de noveno, surgen varios niveles: los acosados y los acosadores, los “bullies”, y entre sus propios compañeros, uno de los cómplices de Jamie, Ryan, quien le entrega un cuchillo. Y entre los mismos perseguidores, la estudiante y más tarde víctima, Katie, quien le gusta, pero de la que recibe burlas.

La serie muestra una de esas formas de violencia escolar: mediante las redes sociales se atosiga, se golpea, y mucho más, cuando a Jamie le envían la descalificación de “incel” (involutary celibates, por su nombre en inglés), o sea, un célibe involuntario, aquellos muchachos incapaces de tener una pareja o vida sexual. Esa serie de circunstancias conllevan para Jamie inhabilitación y el respectivo desprestigio (a pesar de que ambos términos sean sinónimos). El colegio constituye el espacio per se del matoneo, de la persecución. Del ninguneo. De los secretos que se destapan en tu contra.

De hecho, el detective Luke Bascombe, quien investiga el caso con la agente Misha Frank, vendrá a descubrir, a través de su hijo, estudiante de esa misma institución, cuando llega por pistas de la situación, que rigen en el colegio unos códigos por las redes para radiografiar las diferentes posibilidades de censurarse entre ellos mismos como alumnos. Ello da la clave del descubrimiento de los “incel” (célibes involuntarios) y de cómo Katie, la niña asesinada, ha contribuido a exponer ante los otros a Jamie.

La presión del colegio se muestra, además, entre los propios estudiantes contra los profesores, entre sí mismos, contra los directivos, contra las normas. El colegio retrata las contradicciones de la misma sociedad, sus corrupciones, sus ataques contra las estudiantes negras. La molestia de la discente negra contra Ryan no solo tiene que ver con la complicidad de este con Jamie, sino porque la muerte de Katie corta la amistad y la afinidad y defensa que tenía esa amiga que murió. De allí que tengan mayor concreción e importancia las palabras censuradoras de los detectives cuando indican que el colegio huele a semen, a vómito, a inmundicia. Representa una implicación que se le hace a la escuela como centro de suciedad y con la que se le rechaza.

Serie “Adolescencia” de Netflix. Serie “Adolescencia” de Netflix. Netflix

El alma y la violencia del niño. El capítulo tres es el más tenso, doloroso, profundo y diciente.  Después de pasar siete meses detenido, Jamie recibe la visita de la segunda sicóloga, Briony Ariston, luego del primer terapeuta, quien, en palabras del propio Jamie, se comportó “normal” con él. Briony ha venido, en su última sesión, la sexta, a cerrar el informe que pasará para el futuro juicio.

A lo largo de los tres capítulos el muchacho ha mostrado algunas contradicciones y cambios de temperamento. Es un muchacho altamente curioso e inteligente, y en este capítulo, las preguntas de la terapeuta dan en el calvo, pues busca “comprender” su carácter y temperamento verdaderos. Recordemos que temperamento y carácter son diferentes. El primero, es innato, son rasgos nacidos con nosotros y dependen del sistema nervioso y endocrino y determinarán quiénes seamos, aunque podríamos modificarlos muy poco o relativamente. Y es allí donde el temperamento podría contribuir, pues este, en la medida de nuestras posibilidades y pensamientos, en razón de nuestro entorno familiar, cultural y social, es el que nos moldea como individuos. Nuestra personalidad depende de estos dos elementos sustanciales.

En esta parte de la serie, se trata, en palabras de Briony, de ayudar a Jamie a comprenderse, de comprender la comprensión de Jamie. Acaso uno de los objetivos de la serie es ese: ayudemos a entender lo inentendible de una parte de la sociedad: el hogar, la familia, las autoridades, la escuela. Comprender y explicar son las palabras clave de la serie.

Pues bien, en esa última entrevista, Briony quiere auscultar aún más la personalidad misteriosa, callada del muchacho, quien observa un temperamento melancólico, es decir, sensible, emocional, introvertido y reflexivo, pero, al mismo tiempo, colérico, enérgico. Allí Briony lo hace enfrentar, entre sus mutismos, la relevancia de la masculinidad, qué importancia tienen sus relaciones sociales y sexuales, cómo se considera y se valora a sí mismo. Se quiere mostrar el dolor del no reconocimiento del padre y el de sí mismo, de sus fortalezas y, especialmente, de sus debilidades.  Cuando revela: “Soy feo”, confirma su propia incapacidad autoafirmativa, su inmadurez.

Todo ello significa hacer un retrato de sí mismo y de su familia, especialmente de la presencia y relevancia del padre. De los silencios de este, de los momentos que en que el padre lo llevaba a jugar fútbol y a boxear y no quería verlo porque lo “avergonzaba”, para mostrar su machismo, Es una apertura a su alma, una exploración a su conciencia íntima. Constituye una puesta en escena para que Jamie se dé cuenta de que Katie murió y de cómo esa realidad abrumante todavía no había penetrado en la mente de Jamie. Que comprenda el significado de la muerte de la mujer como ser, pero, que, a su vez, se mire y se comprenda a sí mismo.  Aquí la cámara se muestra en su esplendor. Filmada en un solo plano secuencia, en una toma continua, lo cual, con este este tipo de camarografía se busca ser inmersivos para el espectador, mediante un estudio cuidadoso de cada ángulo de la cámara, para que entremos también en el ser de la propia serie y de sus personajes y trama.

De manera que en la sesión Jamie saca sus demonios, se apacigua, ofende, pide perdón.  Entonces, ni la cámara ni las emociones se detienen y Briony y Jamie se revelan a sí mismos en profundidad, llegando, en momentos, a mostrar el muchacho aires de superioridad, dando cuenta de su estado inmaduro, que raya entre amenazador y amistoso. Desarrollando la diferencia entre un niño que provoca, inteligente o neurasténicamente, para manipular a la terapeuta, o simplemente hacerle salir de las casillas. Y, entonces, luego de que sacan al muchacho, muy encolerizado, porque Briony le revela que esa es la última sesión, ella se quiebra: ha ganado y perdido una batalla con alguien puede ocultar la verdad, aunque la reveló sutilmente. Y él reconoce, sutilmente, su hecho.

Culpa, y ¿redención?

Violencia y sumisión: La serie dura, cronológicamente, 13 meses.  Y en este último capítulo, se inicia con el cumpleaños de Eddie, pero comienza a arruinarse cuando Lisa, la hermana de Jamie, descubre que un adolescente escribió un graffiti en la camioneta de su padre, bajo la sindicación de “pederasta”, lo que genera su ira y posterior compra de la pintura para subsanar el daño. Y peor aún:  en las afueras de ese supermercado, encuentra a uno de los muchachos que pintó su carro, tras lo cual la emprende contra él, aumentando aún más su rabia. Parece un paralelo a lo acontecido por Jamie en la sala, en su entrevista con Briony: se cambian en sus comportamientos: de la risa a la neurastenia: ¿influencia del padre sobre el hijo?

Reparto de la serie “Adolescencia” de Netflix. Reparto de la serie “Adolescencia” de Netflix. EFE

De repente, cuando va conduciendo con la familia, Eddie recibe llamada de Jamie para felicitarlo y comunicarle a su vez que cambiará su decisión antes del juicio, ante lo que Eddie se queda callado inicialmente, quizá avergonzado, nuevamente, como cuando guardó silencio y se separó de su hijo, al momento de ver el video en la estación de policía donde el joven seguía a Katie, para reclamarle por haber publicado en Instagram su respuesta como “incel”. La labor de la terapeuta muestra sus resultados, cuando el muchacho asume su responsabilidad frente a su acusación, informándole a su padre. Y al reincidir, una vez más, en sus silencios, confirma el rechazo, el bloqueo a su familia.

El capítulo condensa, yendo hacia atrás de la historia de Eddie, no solo la labor de la violencia ejercida por su padre, como generador de huellas malsanas en este, sino que trasluce y prolonga también los comportamientos aparentemente contrarios que Eddie cambiaría para su familia, de no golpearlos ni practicar ninguna mala conducta, como le comenta en su habitación a su esposa, en la última escena. Esas malas consecuencias se observarán en otros rastros con su propia familia: el bloqueo de las emociones con su esposa, Manda, o cuando, según se relató antes, para con Jamie, el hacerlo “avergonzarse” como deportista. Otro síntoma es el silenciamiento y la falta de apoyo cuando los padres dejaban al niño encerrado, para que se criara sin violencias físicas, dejándolo crecer en su libre albedrío. El encierro se convierte en otro mal direccionamiento contra un niño que necesitaba más apoyo en su ser melancólico y retraído. La violencia intersubjetiva también hizo mella en él, pues solo vio a su padre con ejemplos de hombre fuerte. De hecho, su propia figura musculosa y la práctica de deportes reforzaron su hosquedad y consecuente rechazo entre sus compañeros de colegio, así como el poco número de amistades.

Y es ahí cuando aparecen las otras violencias en la familia: intersubjetiva, intrafamiliar, mediante silenciamientos, cuando, con sutileza, pero sin conciencia o subconscientemente, Eddie impone su voluntad, mientras la esposa y la hija aceptan de modo sumiso todas sus ideas y propuestas. O cuando, en esa última charla en su habitación, los esposos consideran que criaron “por igual” a sus hijos, sin tener en cuenta sus personalidades diferentes, o, cuando ellos se consideran ser “grandes padres”, en una especie de sociedad de elogios mutuos, cuando ni siquiera se han revisado si criaron bien a su progenie. Aunque finalmente, sobre Jamie, reconocen, “pero lo criamos”. O: “creo que pudimos hacerlo mejor”. Esa escena suele parecer, por su forma de hablar de Jamie, como si este hubiera muerto. Y resalta la asunción de una especie de redención y toma de conciencia de los padres.

La serie dibuja un universo dividido, pesimista, pero que, con lo descrito en el párrafo anterior, pareciera abrir puertas optimistas, como cuando el agente Bascombe, desde su plática con el hijo en la escuela, busca comunicarse mejor con él. De alguna manera, la serie pone su dedo en la incomunicación entre las partes, en la extensa y mala comunicación y manipulación de las redes sociales, en la generación de una cultura de la intransigencia no solo en los colegios sino en una sociedad cerrada al diálogo, a la amistad. Los estudios revelan que la educación  de Inglaterra, en 2019, en un informe de la OCDE, mantiene un 30%  en acoso, uno de los índices más altos del mundo.

El director, Philip Barantini, ha dirigido el exitoso film “Hierve” (para España), o “Los Chefs”, para el resto del mundo, en el que dirigió a Stephen Graham, como ahora, nuevamente protagonista y productor, como Eddie. Aportan, además, sólidos papeles, Ashley Walters como Luke Bascombe, Erin Doherty como Briony Ariston, quien actuó como la princesa Ana en “The Crown”, Owen Cooper como Jamie Miller, en su primer papel principal y novato, Christine Tremarco como Manda Miller, y Faye Marsay como Misha Frank.

La serie es una bofetada para llamarnos no solo la atención en los colegios, sino como padres, profesionales, docentes y a todas las personas que busquen comprender mejor a los hijos, nietos y todos aquellos que nos rodean, pues la comunicación nos ayuda a ser y comprender al otro y a los otros, sin bloqueos ni disimulos. Conversemos.